La
Reina Roja mira a través de sus ojos, están marchitos y destintados, hinchados
por un llanto que no tiene fin, con un corazón lleno de espadas, heridas de
batallas que no llegaron a nada. Un llanto en silencio… un llanto ahogado, de
esos que enmascaran el dolor más grande que un ser humano pueda expresar.
El
silencio. Ese silencio que engloba la paz y el temor. Ese momento en el que
temes tanto escucharte, dejarte salir tan solo por no escuchar nada, por el
silencio. Temer a uno mismo, a la soledad que te acompaña y que te indica que
pondrás en juicio a la única persona que no le puedes mentir. Uno mismo.
Presente,
la reina roja viene arrogante, dominante a levantar a la caída, a esa reina destruida
por el amor… ese placer entintado en pecado, en dolor.
Quien
alguna vez se enamoró entregando su alma y dando un paso al costado al cuerpo
entenderá el dolor en los ojos, esa constante presión en la vista tan dañada
por el llanto, por el poco descanso, sabrá también ese desgano, esa falta de
defensa propia… de luz.
Y
la reina roja observa, ve a este espécimen echado de menos y sin ninguna
intención de despertar de su tedio. Su inferioridad es corrosiva, siente que si
la ayuda ella caerá y será un vestigio de lo que es, la gran reina omnisapiente.
El
poder que tiene, esa vista asesina y apasionada, cargada de erotismo, pasión y
conquista. La fuerza de su cetro, de su corona es un determinante de su
sofisticación. La reina roja es el ser mas deseado, la mujer perfecta en
facciones, en fortaleza e inteligencia.
En
cambio, ¿cómo nuestra reina puede mirarle la cara a este lejano ejemplo cuando
ni ella puede definir su camino destruido por el paso del amor? Cómo un cuerpo
vacío puede pegar sus piezas y competir cuerpo a cuerpo con una obra dada por el
mismísimo Dios.
Sus
manos heladas, su cuerpo enjuto desfasado de sus grandes prendas, el descuido
de sus cabellos caramelo la hacen ser la mujer desnuda, un ser mimetizado con
el espacio vacío de dolor y la esperanza de ese amor fugitivo.
La
reina roja sacude el polvo que emana su par, se sienta para apreciar a este ser
tan fuera de sintonía con la vida.
Tic
… tac… tic… tac… mira sus ropas, tic… tac… tic… tac… levanta el rostro, tic. Tac
busca algo, está desesperada tic, tac. Hola.
Pánico...
Esos ojos, esos ojos queman la gran seguridad de la reina, la hacen temer,
estremecer. Ese dolor, esa amargura… ese odio. La desaturación de sus ojos es
mas grande que cualquier fortaleza de energía. La proyección de sus ojos emana
un veneno lento, ardiente.
Se
aleja.
El
peso de su cuerpo no está en función de su masa, sus movimientos casi
robotizados no son una definición de la gracilidad de sus movimientos. Esta reina
no es un vestigio de lo que fue, es una mutación de lo que será.
Nuestra
reina ríe, un acto inesperado, acomoda su cuerpo y levanta el rostro, sacude
sus prendas y sus cabellos, apoya sus dos pies sobre el suelo frío y ríe, sin
buscar respuestas ni motivos, solo mira a través de los ojos de la Reina, es un
acto casi hipnotizante donde ambas ven a través de ellas mismas, llegando al
punto más neutro de nuestra concepción de tiempo, llegando al tedio del limbo,
el tiempo infinito.
Se
observan, nuestra reina se va triunfante mientras nuestra reina roja comprende
que entre ambas, la destruida siempre será ella, por si falta de amor, por su
coraza y por querer encerrar en ella misma a la reina roja vomitiva de
sentimientos y de amor.
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